Se acordaría el viejo, se acordaría de que
siempre fue joven, se acordaría con una tremenda lagrima en sus ojos pequeños.
Él sabía porque se acordaba, él se acordaba porque siempre lo relataba. También tenía
muy en cuenta que no se lo olvidaría una vez en el cajón. Era viejo, si claro, con
muchísimos recuerdos, muchas imágenes, muchos familiares, demasiados amigos,
era viejo lleno de historias aburridísimas, pero claro, él era feliz
contándolas. Sonreía cuando contaba solo una historia, sus ojitos brillaban
solamente cuando nombraba esos años imborrables en su cabeza, el viejo les
mostraba a todos una sola foto, esa única foto era suficiente para saber que el
viejo siempre se acordaría, siempre, siempre, aunque este en el cielo, en el
infierno, o en forma de roca al fondo de algún océano el viejo se acordaría
de esta historia y recordaría tan bien todo los detalles que a algunos con su historia lograría
entretener.
Aunque no me creas, el viejo se acordaría
de aquella historia que él relataba, y yo siempre me acordaré del inicio repetido sin hartazgo:
“La
bese en verano…”

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