sábado, 29 de junio de 2013

Las llaves

Como una niñita de las más pequeñas se incorporó de ese hermoso lugar en el que se encontraba. Bailoteó, cantó unos sonetos muy preciosos, se rascó la cabeza sin entender dónde había dejado su tesoro.
Escuchaba las suplicas familiares, por eso estaba feliz, por eso se había incorporado, por eso bailaba de una forma torpe e insana, se balanceaba de tal forma que aquellas suplicas a veces se quedaban en silencio, suspendidas por el miedo.
Iba y venía, cantaba lindas canciones de amor, pero siempre buscaba el tesoro, tal vez el más perdido. Sin saber cómo, sin entender cuándo, un susurro le acarició sus bellas y grandes orejas: “Allá están”

Y su baile cesó, su canto se silenció, y miró al lugar indicado, y feliz comprobó que realmente “allí estaban”, entonces recién en ese momento pudo retomar su baile, recomenzar su canto y por fin acallar esas suplicas.






viernes, 28 de junio de 2013

Grandes camiones

Acosados por una multitud de gente mugrienta y protegidos por el calor que despedían grandes camiones-contenedores de chatarra se atrevieron a encender el lento proceso que los llevaría a la locura. No hay que negar el miedo que tenían, sabían que no debían pero claramente querían.

El humo se vio repentinamente cortado por una cara amarilla, los amigos dirigieron sus miradas ante el espectador.  Músculos marcados, facciones duras, ceño fruncido, ningún diente, era invitar o morir. Claro que no murieron y comenzando con ese personaje empezaron a convidar de su locura a toda la masa mugrienta. Se perdieron, se reencontraron, conversaron, festejaron y brindaron, dejaron de estar acosados.

Tras esta libertad experimentada uno de ellos miro unos ojos como lunas, tremenda iluminación en la noche desplegaron esos ojos que lo miraron fijamente y lo condujeron a un lugar sin multitud acosadora, ni locura, ni mugre, esos ojos y esa misma cara acariciada por el pelo condujeron al más miedoso de los amigos a un lugar segurísimo, un lugar sin demasiados lujos pero a un lugar comodísimo.


Ahí se quedo, adueñado por la locura y enamorado de la tristeza.