Acosados por una multitud de gente mugrienta y protegidos por el
calor que despedían grandes camiones-contenedores de chatarra se atrevieron a
encender el lento proceso que los llevaría a la locura. No hay que negar el
miedo que tenían, sabían que no debían pero claramente querían.
El humo se vio repentinamente cortado por una cara amarilla, los
amigos dirigieron sus miradas ante el espectador. Músculos marcados, facciones duras, ceño
fruncido, ningún diente, era invitar o morir. Claro que no murieron y
comenzando con ese personaje empezaron a convidar de su locura a toda la masa
mugrienta. Se perdieron, se reencontraron, conversaron, festejaron y brindaron,
dejaron de estar acosados.
Tras esta libertad experimentada uno de ellos miro unos ojos como
lunas, tremenda iluminación en la noche desplegaron esos ojos que lo miraron
fijamente y lo condujeron a un lugar sin multitud acosadora, ni locura, ni
mugre, esos ojos y esa misma cara acariciada por el pelo condujeron al más
miedoso de los amigos a un lugar segurísimo, un lugar sin demasiados lujos pero
a un lugar comodísimo.
Ahí se quedo, adueñado por la locura y
enamorado de la tristeza.
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